Entre dos escalas
En Villa Urquiza, sobre la esquina del pasaje Dr. Honorio Leguizamón y la calle Quesada, el proyecto aparece como respuesta a una condición urbana particularmente inestable. De un lado, la escala baja y silenciosa del pasaje; del otro, la densidad y altura creciente de la avenida barrial. Entre ambas situaciones existe una tensión difícil de absorber desde las tipologías tradicionales de vivienda.
La arquitectura surge precisamente dentro de ese punto de fricción.
Ni torre ni casa aislada.
Ni edificio compacto ni vivienda suburbana.
La propuesta busca construir una condición intermedia capaz de vincular dos maneras completamente distintas de habitar la ciudad. En lugar de reproducir la lógica repetitiva del departamento convencional, el proyecto trabaja sobre la idea de casas verticales independientes, organizadas lado a lado dentro de una única pieza arquitectónica continua.
Cada vivienda mantiene una lógica doméstica propia, con secuencias espaciales, expansiones, dobles alturas y relaciones visuales internas más cercanas a una casa urbana contemporánea que a una planta de propiedad horizontal tradicional. Sin embargo, todas las unidades participan simultáneamente de una lectura colectiva más compacta y abstracta, capaz de dialogar con la escala mayor del entorno inmediato.
La arquitectura no intenta ocultar esa dualidad.
Por el contrario, la vuelve visible.
Elevar la cotidianeidad
La planta baja funciona como un umbral urbano contenido y silencioso. Allí se concentran los accesos, las cocheras y los espacios de guardado, mientras que la vida doméstica comienza deliberadamente un nivel más arriba.
La decisión de elevar los espacios principales no responde únicamente a una cuestión funcional o normativa. Existe una búsqueda más precisa: separar la experiencia cotidiana de la exposición inmediata de la calle y construir una nueva relación entre vivienda, luz y paisaje urbano.
Al ascender la escalera, la percepción cambia abruptamente. La ciudad desaparece parcialmente y las visuales comienzan a vincularse con las copas de los árboles, la luz del noreste y la profundidad del horizonte urbano. La vivienda deja de apoyarse sobre el suelo y comienza a habitar una condición más suspendida y abierta.
En el primer nivel, cocina, comedor y estar se integran dentro de un único espacio continuo. La arquitectura evita la compartimentación innecesaria y propone una espacialidad amplia, flexible y atravesada permanentemente por la luz natural.
Las dobles alturas ubicadas junto a la fachada profundizan todavía más esa sensación de expansión. La sección se transforma entonces en el verdadero organizador del proyecto: un mecanismo espacial capaz de conectar visualmente todos los niveles de cada vivienda y construir una continuidad constante entre interior, vegetación y cielo.
La casa en sección
Más que trabajar sobre la planta, el proyecto fue pensado desde la sección.
La organización vertical de cada vivienda permite superponer distintos grados de intimidad sin perder continuidad espacial. El área social ocupa el nivel más abierto y luminoso; por encima, el dormitorio principal balconea sobre la doble altura y participa todavía de la misma atmósfera general de la casa.
La relación visual entre niveles evita que los espacios se perciban aislados entre sí. La luz atraviesa longitudinalmente la vivienda, mientras que las visuales cruzadas amplifican la percepción del espacio más allá de sus dimensiones reales.
En el último nivel, la secuencia culmina en una terraza privada concebida como expansión directa de la vida doméstica. Una habitación adicional, el lavadero y la parrilla completan un espacio abierto hacia el exterior que funciona simultáneamente como jardín elevado, expansión social y refugio urbano.
El bloque suspendido
Volumétricamente, el edificio se presenta como una pieza monolítica de hormigón suspendida sobre un basamento oscuro y retraído.
El gran voladizo sobre la ochava enfatiza deliberadamente la condición de peso y equilibrio inestable del conjunto. La arquitectura no busca liviandad; busca presencia.
Frente a los edificios vecinos, el proyecto responde desde una materialidad robusta y silenciosa capaz de sostenerse dentro de una escala urbana mucho más intensa sin perder su carácter doméstico.
Hormigón visto, aluminio oscuro, vidrio y vegetación integrada construyen un lenguaje contenido y duradero, donde cada material expresa directamente su condición física sin recurrir a artificios decorativos.
La fachada vegetal orientada al noreste cumple un rol central dentro de esta estrategia. Más que un gesto ornamental, funciona como una segunda envolvente ambiental capaz de filtrar vistas, controlar el asoleamiento y construir privacidad sin renunciar completamente a la apertura.
La arquitectura se vuelve entonces más ambigua: pesada y permeable al mismo tiempo. Mineral hacia la ciudad, doméstica hacia el interior.
Habitar entre arboles y densidad urbana
En un entorno urbano marcado por el crecimiento acelerado y la superposición de escalas, el proyecto propone una forma alternativa de densidad doméstica.
Una arquitectura capaz de absorber las tensiones entre casa y edificio, entre intimidad y ciudad, entre expansión y compactación, utilizando la sección, la luz y la vegetación como herramientas principales para redefinir la experiencia cotidiana de habitar.