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Thinking Studio notes

El criterio y el parecer

El gusto existe, y es legítimo. A nadie le hace falta justificar por qué prefiere una madera clara o un ambiente en penumbra. Pero cuando una decisión que otros van a habitar, usar o pagar se explica solo con "me gusta", ya no estamos frente a un criterio, estamos frente a una preferencia disfrazada de argumento. Y la diferencia no es de tono. Es estructural.

Guillermo Yias 22 Jul 2026 7 min read

Hay una frase que aparece temprano en casi todo proyecto, y en casi toda discusión: “es una cuestión de gusto”. Se usa para cerrar la conversación. Nosotros pensamos que es justo donde debería empezar.

El gusto existe, y es legítimo. A nadie le hace falta justificar por qué prefiere una madera clara o un ambiente en penumbra. Pero cuando una decisión que otros van a habitar, usar o pagar se explica solo con “me gusta”, ya no estamos frente a un criterio, estamos frente a una preferencia disfrazada de argumento. Y la diferencia no es de tono. Es estructural.

Una preferencia se afirma. Un criterio se puede defender. Una preferencia no tiene un porqué, termina en sí misma. Un criterio tiene una razón que se puede trazar hasta una restricción, un objetivo, un modo de vivir, un dato. Por eso un criterio se puede discutir, sostener frente a quien lo cuestiona y, esto es lo decisivo, corregir cuando aparece uno mejor. Una preferencia solo se puede tener.

Una discusión más vieja de lo que parece

Esta distinción no la inventamos nosotros. La filosofía la viene puliendo hace siglos, y vale la pena traerla, porque le da espesor a algo que solemos tratar como una obviedad.

Los romanos ya tenían el proverbio: de gustibus non est disputandum, sobre gustos no se discute. Y es cierto, hasta cierto punto. Sobre lo que a uno simplemente le agrada, no hay disputa posible ni hace falta. Immanuel Kant, en su análisis del juicio, separó con precisión esas dos cosas que el lenguaje cotidiano mezcla: lo meramente agradable, que es privado y sobre lo que cada uno tiene razón sin deberle una explicación a nadie, y el juicio propiamente dicho, que pretende algo más ambicioso, que otros estén de acuerdo. En el momento en que uno espera que el otro coincida, ya no está informando un capricho, está sosteniendo una posición. Y una posición, para valer, tiene que poder mostrar sus razones.

Ahí está la trampa del “es una cuestión de gusto”. Casi nunca lo decimos para describir un placer privado. Lo decimos para ganar una discusión sin tener que argumentar. Usamos la palabra “gusto”, que no admite disputa, para blindar una decisión que sí la admitiría.

El sociólogo Pierre Bourdieu fue todavía más lejos, y más incómodo. Mostró que el gusto rara vez es tan inocente y tan personal como creemos: funciona también como marca de pertenencia y como instrumento de distinción social. El gusto clasifica, y de paso clasifica al que lo tiene. Dicho sin academia: un gusto que no se examina es muchas veces una pequeña puja de poder, la de imponer lo propio como lo natural. El criterio es exactamente lo que rompe esa puja, porque obliga a poner las razones sobre la mesa, donde cualquiera las puede pesar.

El criterio forma el gusto, el gusto no forma criterio

De todo esto se sigue algo que a nosotros nos importa más que ninguna otra cosa: el gusto se puede educar, y lo que lo educa es el criterio.

David Hume lo planteó con una claridad que sigue siendo útil. En un ensayo dedicado justamente a este problema, sostuvo que, aunque el gusto parezca puro subjetivismo, existe algo así como un patrón, y ese patrón vive en el juicio de quienes tienen el gusto más formado. Lo interesante es que Hume describió cómo se forma ese buen juez, y su lista es sorprendentemente práctica: sensibilidad afinada para percibir lo que otros no perciben, práctica sostenida, comparación entre muchas obras para no confundir lo bueno con lo único que se conoció, ausencia de prejuicio, y buen sentido para poner cada cosa en su lugar. Ninguna de esas cinco cosas es innata. Todas se entrenan.

Esa es la asimetría que da título a esta entrada. El criterio forma el gusto, porque un ojo que aprendió a ver razones empieza a preferir mejor. El gusto, solo, no forma criterio, porque una preferencia que nunca se interroga se queda en la superficie, repitiéndose. Uno es profundo y obliga a pensar. El otro es superficial y solo pide que lo obedezcan.

Cómo se entrena

Si el criterio no se hereda sino que se forma, entonces la pregunta útil es cómo. Aristóteles dio hace veintitrés siglos la respuesta que todavía sostiene: la buena capacidad de juzgar, lo que él llamó phronesis, sabiduría práctica, no nace con la persona ni se aprende de memoria. Se forma con el hábito y la experiencia, del mismo modo en que uno se vuelve justo obrando con justicia. Se hace criterio haciendo, decidiendo, equivocándose y corrigiendo.

En la práctica, y esto sirve para proyectar y para casi cualquier otra cosa, entrenar el criterio se parece bastante a la lista de Hume:

Exponerse a lo mejor, no a lo más cercano. El ojo se educa por comparación. Quien solo vio tres casas cree que la tercera es excelente. Quien vio trescientas, sabe dónde está parada.

Pedir siempre el porqué, sobre todo cuando la decisión parece obvia. La pregunta que separa un criterio de un parecer es simple: ¿esto lo puedo defender, o solo lo puedo afirmar? Si la respuesta es que solo lo podés afirmar, todavía no es un criterio, por más seguro que te sientas.

Desconfiar del propio prejuicio. Casi todo lo que nos parece “natural” es, en realidad, algo aprendido y no examinado. Buscar la razón detrás del reflejo es incómodo, y es exactamente el trabajo.

Aceptar la corrección como una victoria, no como una derrota. Un criterio que cambia frente a una razón más fuerte no se debilita, se afina. Quien no puede cambiar de opinión sin sentir que pierde, no tenía un criterio, tenía un orgullo.

Buscar el dato, la restricción, el modo de vida real que hay detrás de cada decisión. El criterio no flota, se ancla en algo verificable. Ese anclaje es lo que después permite defenderlo, y también lo que permite descubrir que estaba mal.

Por qué esto no es filosofía de sobremesa

Trabajamos así por una convicción concreta: la sensibilidad sin precisión termina en frustración, y la precisión sin sensibilidad termina en espacios vacíos. Las dos hacen falta. La sensibilidad para saber qué merece atención, la precisión para poder defender por qué. Pero ninguna de las dos es un parecer.

Lo entendimos con especial claridad proyectando el edificio de un instituto cuya disciplina consiste, precisamente, en reemplazar la opinión por la evidencia en decisiones sobre la salud de millones de personas. Diseñar su edificio “porque nos parecía” habría contradicho, en el gesto mismo, lo que ese instituto hace todos los días. No había lugar para el “me parece”. Había una intervención correcta, y había que fundamentarla. El resultado no fue menos sensible por ser más riguroso. Fue mejor por las dos cosas a la vez.

Esto no convierte a la arquitectura en una ciencia, ni pretende que exista una única respuesta para cada problema. Muchas veces hay varias buenas. Lo que cambia es cómo se llega a ellas y cómo se sostienen, no por quién habla más fuerte en la reunión, sino por la razón que cada decisión puede mostrar cuando se la interroga.

Y es una distinción que sirve mucho más allá de un tablero. Sirve para contratar, para invertir, para educar a un hijo, para elegir en qué gastar los años. La próxima vez que estés por cerrar una decisión que importa, probá la pregunta: ¿esto lo puedo defender, o solo lo puedo afirmar?

El criterio forma el gusto. El gusto no forma criterio. Uno obliga a pensar en profundidad, el otro se queda en la superficie. Vale para proyectar, y para tomar cualquier decisión en la vida.

Criterio es la serie donde compartimos las distinciones que usamos todos los días para proyectar.

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