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Thinking Studio notes

La arquitectura y el arte

El arte que no puede ser del todo libre.

La arquitectura nos envuelve, se transita, emociona, y en eso se toca con el arte hasta confundirse. Se separa de él en un solo punto: donde tiene que establecer reglas funcionales, ergonómicas y realistas para que un espacio se pueda habitar. Sobre por qué es una disciplina, y qué significa ser artista sin libertad total.

Guillermo Yias 01 Ago 2026 7 min read

Un artista puede buscar emociones diversas en su obra, sensaciones agradables o hasta incómodas y eso puede ser exactamente su búsqueda. Un arquitecto no puede entregar una casa en la que nadie logre dormir.

Ahí está, para mí, toda la cuestión. Me preguntan seguido si la arquitectura es arte, y la respuesta honesta no es sí ni es no, es un sí con una condición tan grande que le cambia la naturaleza. Sí, hay arte en la arquitectura, y mucho. Una planta puede ser tan expresiva como una partitura. Un espacio puede emocionar, sacudir, dejar sin palabras a alguien que entra por primera vez. Puede ser transgresor, puede ser bello, puede tener casi todas las características que le pedimos al arte. Pero hay una que no puede tener del todo, y es la libertad. Y acá conviene ser honesto, porque es fácil exagerar: el arte tampoco es tan libre como nos gusta creer. Ninguna obra escapa del todo a su época, a su mercado, ni a lo que una institución acepta, en cada momento, llamar arte. Pero dentro de esa libertad siempre relativa, el arte se mueve con un margen enorme, no le debe cuentas a ningún uso, y está muy bien que así sea. La arquitectura no tiene ni siquiera ese margen, y tampoco debería.

La arquitectura nos contiene

Conviene ser preciso con la diferencia, porque es fácil errarle. No es que el arte sea un juego gratuito y la arquitectura una cosa seria. Una escultura muchas veces también responde a un encargo, también entra en un presupuesto, también resuelve una técnica endiablada. La técnica no es lo que las separa. Hay una diferencia más física: la arquitectura nos contiene, el arte generalmente no. Un cuadro se cuelga y se mira de frente. Una casa se vive por dentro, con el cuerpo, todos los días, durante años.

Digo generalmente porque no siempre, y lo sé de primera mano. Hay muchas instalaciones de arte hechas para transitarse, y yo mismo creé varias. A principios de 2004 había fundado una agencia de diseño que trabajaba mucho en publicidad, y ahí, junto con 361°, la unidad de BBDO Argentina, diseñamos “Transitando”, una muestra de Nike que contaba la historia de su zapatilla Waffle Racer como un recorrido, un entorno para atravesar donde artistas de la talla de Clorindo Testa o Martín Churba montaban sus intervenciones. Después vinieron espacios inmersivos, con paredes y techos mapeados, pensados para vivir una experiencia adentro, y hasta unas cápsulas de inteligencia artificial interactivas para el Museo del Prado. Todo eso se transita, se vive por dentro, se parece muchísimo a la arquitectura. Aquella muestra fue arquitectura y arte a la vez, y no tengo ningún problema en admitirlo, las dos cosas se tocan y por momentos se confunden.

Entonces, ¿dónde se separan de verdad? La arquitectura se separa exactamente ahí donde tenemos que establecer reglas funcionales, ergonómicas y realistas para que un espacio se pueda habitar. Una instalación puede rodearte cinco minutos y no deberle nada a tu cuerpo. Una casa te tiene que dejar dormir, cocinar, envejecer adentro. Esa exigencia, la de la habitabilidad, es la que ninguna obra de arte está obligada a cumplir, y es la que convierte a la arquitectura en otra cosa. Por eso a lo que hacemos se lo llama disciplina, y esa palabra me gusta cada vez más, porque dice dos cosas al mismo tiempo y las dos son ciertas. Disciplina es un campo, un cuerpo de saber con reglas. Y disciplina es también el freno que uno se impone. La arquitectura es un campo que se define, justamente, por aceptar un freno que el arte, con todo derecho, no acepta.

Esta intuición tiene nombre desde hace más de dos siglos. Kant, cuando se puso a pensar qué es lo bello, separó dos cosas que solemos mezclar. Hay una belleza libre, la de una flor o la de un arabesco, que no le debe nada a ninguna finalidad. Y hay una belleza adherente, la de lo que existe para un fin, y que juzgamos también por cómo lo cumple. Entre sus ejemplos de esta segunda puso, con todas las letras, al edificio. La arquitectura es, para Kant, el caso puro de una belleza atada a un propósito. No es un defecto del que haya que disculparse. Es su naturaleza.

El Capricho, un encargo de mecenas

Hace un tiempo se acercó a nosotros un empresario importante que quería cumplir un sueño, construir una casa distinta, casi una obra de arte, una pieza escultórica cargada de conceptos, de tensión, de espacialidad. Era un gran amante y coleccionista de arte, su mujer es artista, y él repetía una frase que no me olvido más, que los grandes espacios atraen las buenas ideas. La llamó El Capricho, y el nombre no era casual, no era algo que necesitara ni algo atado a demasiadas reglas, era algo que quería hacer, casi un legado, una forma de trascender.

Estuvimos meses conversando, de arte, de viajes, de experiencias, de ideas, absorbiendo su cultura y su deseo antes de dibujar una sola línea. Cuando terminamos de diseñar la casa quedó encantado, y ahí pasó algo que me quedó grabado. Miró todo y dijo, la pileta está bien, pero es demasiado común, esta casa se merece una pileta única. Así que, con las máquinas ya excavando el terreno para el subsuelo, volvimos a empezar por la pileta y los jardines. Después de varias propuestas que no lo convencían llegamos a un diseño orgánico, de altísimo detalle y mucho valor biofílico, una composición que tras muchas idas y vueltas encontró un punto de equilibrio y terminó de completar la casa de una forma excepcional.

Esa mirada entre mecenas y artista fue exactamente lo que sentí aquella vez. Un hombre con un sueño y los medios para cumplirlo depositó una confianza enorme en nosotros. ¿No es acaso como funcionaban en la antigüedad los encargos a los artistas? Y sin embargo, incluso ahí, en el encargo más parecido a una obra de arte que me tocó recibir, la pileta única seguía teniendo que ser una pileta, y la casa escultórica seguía teniendo que dejarse habitar. El capricho también respondía al cuerpo. Esa es la frontera que no se cruza.

El arte y la técnica son primos hermanos

Y con todo, sería un error quedarse del lado frío, hacer de la arquitectura un ejercicio de eficiencia sin alma. El arte y la técnica son primos hermanos, siempre hubo técnica adentro del arte, y siempre hubo arte adentro de la técnica. La arquitectura estuvo estrechamente ligada al arte desde siempre. En el Renacimiento los grandes artistas eran también arquitectos, Leonardo, Miguel Ángel. Y el camino inverso llena de nombres el siglo pasado, Roger Waters y Nick Mason se conocieron estudiando arquitectura antes de formar Pink Floyd, y por sus aulas también pasaron Seal, Nicolas Godin de Air, Chris Lowe de Pet Shop Boys, o Tom Ford antes de dedicarse a la moda. Yo mismo soy músico y artista plástico, así que esto no lo miro desde afuera.

Hacer buena arquitectura es, sin ninguna duda, un arte, y los grandes arquitectos de la historia fueron casi siempre grandes artistas, con una sensibilidad que estaría a la altura de cualquier pintor o cualquier músico. La diferencia es que ejercieron ese arte con una mano atada a la espalda, y con la otra hicieron cosas que se sostienen de pie, que abrigan, que se dejan vivir. El mérito no es menor por eso, es mayor, porque es más difícil emocionar cuando además tenés que resolver, y aun así emocionar.

Pero no me gusta endulzarlo. La arquitectura es más rigurosa que el arte, y en algún punto más hostil con el artista que la intenta. No le deja tanto margen. Le pide que su forma más audaz sea, al mismo tiempo, habitable, y esa exigencia doble no la carga ningún cuadro. La arquitectura no es arte puro, es un arte con el cuerpo humano adentro, atado a la vida que va a contener, y por eso, para el que sabe mirarlo, más admirable todavía. Ser artista sin libertad total, esa es la condición, y me parece que es lo más difícil y lo más hermoso de esta profesión.

Criterio es la serie donde compartimos las distinciones que usamos todos los días para proyectar.

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