Del suscripcionismo a la autonomía
Hay una diferencia importante entre no saber y elegir no mirar. Durante décadas construimos ciudades, edificios y modos de vida sobre la convicción tácita de que el sistema continuaría funcionando indefinidamente. Esa convicción no fue el resultado de un análisis — fue el resultado de la comodidad. El sistema funcionaba, y mientras funciona nadie tiene incentivo para preguntarse qué ocurriría si dejara de hacerlo. El incentivo aparece, siempre, demasiado tarde. Y cuando aparece, los edificios ya están construidos. Las ciudades ya tienen su forma. Las dependencias ya están incorporadas en el concreto, en los caños, en los metros cuadrados que no producen nada y no pueden sostenerse solos.
Autónoma parte de una convicción diferente: levantar la mirada es una responsabilidad. No una opción filosófica para los que tienen tiempo de pensar, sino una obligación concreta de quienes proyectan el entorno en el que vivimos. Un edificio que se construye hoy habitará el mundo de 2080, de 2100. Ningún arquitecto, ningún desarrollador, ningún Estado puede saber con certeza qué condiciones climáticas, energéticas o geopolíticas definirán ese mundo. Lo que sí puede saberse es que diseñar asumiendo la estabilidad perpetua del modelo actual es una apuesta que la historia no avala. Nunca la avaló.