Los humanos amamos odiar
Lo que Roma dejó como advertencia, el presente lo está repitiendo sin reconocerlo. La institucionalidad que durante décadas contuvo ese impulso muestra señales de fractura que ningún análisis honesto puede ignorar: el número de países que retroceden en desempeño democrático supera al de los que avanzan desde hace años, el contrato político se erosiona, las corporaciones tecnológicas reemplazan al Estado en la adhesión cotidiana de los ciudadanos. Y lo que viene puede acelerar esa degradación de maneras que ninguna institución está preparada para absorber. El empleo masivo va a cambiar de naturaleza más rápido de lo que los sistemas de protección social pueden seguir. El cambio climático va a presionar territorios, recursos y fronteras. Los desplazamientos serán simultáneos. Cuando millones pierden su lugar en el sistema sin red de contención, la historia demuestra con consistencia qué ocurre: buscan un objetivo, algo o alguien sobre lo que dirigir la energía que el sistema ya no puede canalizar. En ese contexto, una Ciudadela funcional —con agua, energía, alimento, comunidad, orden— no es invisible por defecto: es exactamente lo que llama la atención de quien no tiene nada. No por maldad abstracta. Por la misma lógica biológica que llenó el Coliseo: el grupo sin freno busca lo que tiene el otro.