La ciudad lo amplifica todo.
Vista desde el aire, la ciudad muestra su verdadera naturaleza.
Desde un satélite, una ciudad como San Pablo o Buenos Aires es una mancha. No una forma diseñada ni un orden geométrico: una mancha orgánica que se extiende sobre la superficie de la tierra de manera inagotable. Un tejido de asfalto, concreto y metal que avanza colonizando lo que encuentra: naturaleza, suelo fértil, cursos de agua, praderas, bosques. Todo lo va tapando. Todo lo va cambiando por su propio material. La imagen desde el aire tiene algo de inquietante y de revelador: la ciudad tiene forma de organismo invasor. Se expande sin límite. Consume los recursos de su entorno. Transforma lo que toca en más de sí misma. Crece siguiendo sus propias vías de comunicación como los brazos de una entidad amorfa: a lo largo de las rutas, alrededor de las estaciones de ferrocarril, en los cruces donde el movimiento se concentra. Donde hay flujo, hay ciudad. Donde hay ciudad, hay más ciudad.