El espacio y el lugar
O los lugares que no diseñamos
Un arquitecto no diseña lugares, diseña espacios. Pero ese espacio es la base de la que el lugar no va a poder despegarse del todo, y ahí hay una responsabilidad enorme. Sobre qué diseñamos de verdad cuando diseñamos.
Nunca diseñé un lugar en toda mi vida, sin embargo me paso la vida diseñándolos.
Un arquitecto diseña espacios, no lugares. Un espacio es lo que entra en un plano, medidas, proporciones, la luz que baja a determinada hora, la relación entre lo lleno y lo vacío. Un lugar es otra cosa. Es lo que ese espacio pasa a ser cuando alguien lo habita, cuando le implanta sus costumbres, sus vivencias, su sentido de pertenencia, hasta que deja de verlo de tanto vivirlo. El lugar no está en las paredes, está en la vida que ocurre entre ellas, y esa vida no la pone el arquitecto, la pone quien habita. Hasta acá, nada que un arquitecto no sepa. Lo difícil, lo que me llevó años entender de verdad, viene después.
Porque aunque no diseñemos el lugar, diseñamos la base sobre la que ese lugar va a darse, y va a darse de una manera y no de otra según cómo esté hecho el espacio. Ahí hay una responsabilidad enorme, inherente a la disciplina, de la que casi no se habla. Un espacio establece condiciones. Condiciona cómo se va a habitar, qué va a ser fácil y qué difícil, si la gente se va a juntar o a dispersar, si adentro se va a poder pensar, descansar, trabajar. No decidimos el lugar, pero ponemos el molde del que ese lugar no va a poder salirse del todo. Diseñar un espacio es, en el fondo, escribir de antemano una parte de la vida que va a pasar dentro.
Las condiciones del habitar
Por eso hay condiciones que para mí son innegociables, y no por capricho estético, sino porque son las que hacen que un espacio pueda llegar a ser un buen lugar: la luz, la ventilación, la espacialidad, la naturaleza, la vista. Cuando diseñamos estamos, en cierto modo, artificializando la naturaleza, metiéndola dentro de una geometría. Y si vamos a hacer algo así, la única justificación honesta es recrear ahí adentro condiciones de salud, de confort, de plenitud, de humanidad. Diseñamos para humanos, y eso, que suena a obviedad, se olvida todo el tiempo.
Durante siglos esto se supo por experiencia. Un buen arquitecto sabía, sin poder demostrarlo, que un techo bajo aprieta y uno alto libera, que la luz de una ventana bien puesta cambia el ánimo de quien trabaja debajo. Lo poníamos en el plano como sensibilidad y como certeza, pero sin números. Hoy hay una disciplina derivada que está ganando terreno, la neuroarquitectura, que estudia justamente por qué los espacios nos hacen sentir de una manera u otra, y que empieza a responder con datos de la neurociencia lo que antes era pura intuición. No viene a reemplazar el criterio del arquitecto, viene a confirmar algo que la profesión sospechaba hace mucho: que un espacio no es neutro, que actúa sobre el cuerpo y sobre la mente del que lo usa, lo quiera o no. Y si actúa igual, mejor que actúe a favor.
La copa y el vaso
Entonces, ¿diseñamos lugares o no? La respuesta honesta es que no, solo diseñamos espacios. Pero pasa algo parecido a beber el mismo vino en una copa o en un vaso. El vino es el mismo, la vida que va a pasar adentro es la misma, y sin embargo la experiencia es otra. Y acá quiero ser claro, porque es fácil malentenderlo: otra no quiere decir mejor ni peor. El vaso no vale menos que la copa, ni la copa más que el vaso. Son cosas distintas, elecciones distintas, experiencias distintas, y para muchos el vaso es, con todo derecho, su preferencia, la forma en que de verdad disfrutan lo que toman. El espacio es el recipiente. No cambia el vino, cambia el modo de tomarlo, y no hay un modo correcto, hay el que le queda a cada uno. Por eso cada persona va a querer el suyo, la copa o el vaso de su propia vida, y el trabajo no es imponer el recipiente más vistoso sino descubrir cuál es el que le corresponde a quien va a habitarlo.
Por eso pienso que los arquitectos somos, antes que nada, intérpretes. Intérpretes de los deseos y las emociones de nuestros comitentes. El trabajo es traducir la manera en que alguien piensa, vive e imagina, en un espacio que lo represente, que le quede a medida no del cuerpo sino de la vida. Lo vi con una claridad rara en un edificio que proyectamos para el IECS, un instituto donde se piensa, todos los días, sobre la salud de mucha gente. Ahí no alcanzaba con hacer un espacio lindo, había que hacer uno donde se pensara mejor, y eso nos llevó a una decisión, abrir el edificio desde arriba y dejar caer la luz por el centro, para investigar bajo luz natural y no bajo tubos. No diseñamos el pensamiento que ocurre adentro, no podríamos. Pero diseñamos las condiciones para que ese pensamiento se diera mejor, y en eso hay una responsabilidad que todavía me impresiona: colaborar, desde la arquitectura, con el contexto en el que otros piensan.
La arquitectura nos sucede
Y sin embargo, ni siquiera ese lugar es para siempre. Yo suelo decir que la arquitectura nos sucede, y una de las cosas que esa frase significa es que después de nosotros viene otro. El que hoy habita el espacio que hicimos no es el último, en algún momento se irá, y alguien más lo convertirá en un lugar distinto, con otras costumbres, otra vida, otro sentido. Por eso un buen espacio tiene que ser lo bastante flexible y resiliente como para volverse un lugar nuevo cada vez, sin perder por el camino su calidad espacial, emocional y funcional. Diseñar para un solo habitante es diseñar para el presente. Diseñar para los que todavía no llegaron es diseñar de verdad.
¿Diseñamos emociones, entonces? ¿Diseñamos experiencias, momentos? En parte sí, y en parte diseñamos los espacios que van a contener todo eso, y mucho más de lo que podemos prever. Los arquitectos solemos querer que nuestros proyectos nos representen, que nos den valor, que nos identifiquen, como a un artista su obra, y está bien que así sea. Pero somos, además, creadores de experiencias, de momentos, de vida, porque pocas disciplinas influyen tanto en cómo vive la gente. Pensá en la cantidad de horas que pasás bajo un techo, mirando una pared o una ventana que decidió otro. Todo eso cambió con un trazo de lápiz, con una decisión bien o mal tomada. Nunca diseñamos un lugar. Diseñamos el espacio del que ese lugar, algún día, no va a poder despegarse del todo. Y eso, mirado de cerca, es una de las responsabilidades más grandes que conozco.
Criterio es la serie donde compartimos las distinciones que usamos todos los días para proyectar.