Lo simple y lo simplista.
El arte de recortar lo que está de más
Una montajista de cine me dijo una vez que editar es el arte de recortar lo que está de más. Sobre por qué lo simple no es un punto de partida sino lo último que aparece, y por qué se llega solo después de un camino muy largo.
Una de las cosas más útiles que sé sobre proyectar la aprendí sacando cosas, y no fue proyectando arquitectura.
Corría el año 2001. Yo estudiaba en la facultad de arquitectura, y ese mismo año me había comprado un piano Rhodes vintage, modelo 1978, una pieza de colección muy difícil de conseguir. Insólitamente se lo compré a un verdulero en la calle Juramento, por lo que en aquel momento eran ochocientos pesos. Vivía todavía con mis padres, y había convertido mi cuarto en un estudio de grabación casero. Tocaba música todo el día, iba a la FADU y volvía a grabar ideas nuevas durante largas horas, torturando a mi madre con la misma melodía una y otra vez. Hermosos tiempos.
De esas largas horas salió mi primer disco, “Música para piscinas”, que está por cumplir veinticinco años. Y el trabajo que más me enseñó no fue grabarlo, fue lo que vino después. Ahí mi amigo Sacho cumplió un papel fundamental, y siempre voy a estar agradecido por eso, porque fue quien me empujó a editarlo y a lanzarlo, quien terminó de ponerle cabeza al disco. Juntos hicimos el recorte final. Pasamos noches largas escuchando aquellas pistas, y de esas noches salió un problema incómodo: cada tema estaba plagado de ideas. Buenas ideas, buenos conceptos, buenas resoluciones, capa sobre capa de pistas que en su momento me habían parecido todas necesarias. Y sin embargo, escuchados ahora con el oído limpio y con la obligación de tomar decisiones finales, los temas estaban saturados. No les faltaba nada, les sobraba. Tenían tanto adentro que ya nada tenía jerarquía, todo estaba al mismo nivel, lleno de arreglos y falto de sutileza. Así que la producción, la de verdad, fue al revés de lo que uno imagina, no fue agregar sino quitar. Enmudecer pistas, borrar efectos, callar ideas que estaban bien pero que le robaban el aire a las que estaban mejor. Lo que quedó era más puro, más esencial, seguía lleno de ideas, pero por fin se dejaban escuchar porque cada una tenía su lugar.
Fue difícil dejar ir cada una de ellas. En cada una había una parte de mí, tiempo, sensibilidad, corazón. Sacho fue cuidadoso con mi música, pero también implacable. Fuera esto y fuera aquello, me decía, una y otra vez. En esa masacre de ideas aprendí algo que después usé toda la vida, que el verdadero valor está en lo simple, y que a lo simple se llega solo después de haber recorrido un camino muy largo.
Lo simple no es lo simplista
Muchos años más tarde, trabajando en la industria audiovisual como director de arte, una editora de cine y publicidad me dijo una frase que no me olvidé nunca, que editar es el arte de recortar lo que está de más. Lo decía de su trabajo, del montaje, pero yo la escuché y pensé en aquel disco, y en los planos, y en casi todo. Recortar lo que está de más. No lo que está mal, eso es fácil, cualquiera saca lo que no funciona. Lo difícil es sacar lo que está de más, que muchas veces es algo que está bien, incluso muy bien, pero que sobra.
Ahí está la distinción que uso hasta hoy, y que desde afuera casi nadie ve, la que separa lo simple de lo simplista. Se parecen, porque las dos cosas terminan teniendo pocos elementos, pero no son lo mismo. Lo simple es una conquista, es lo que queda después de entender un problema tan a fondo que se puede sacar todo lo que no era necesario sin que se caiga nada. Cada cosa que falta fue una decisión, no un descuido, y esa ausencia costó trabajo, discusión, versiones tiradas a la basura. Lo simplista es lo contrario disfrazado de lo mismo. También tiene pocos elementos, pero no porque se resolvió el problema, sino porque no se lo miró entero. Lo simple resta de más, con criterio. Lo simplista resta de menos, por comodidad, y después le pone al hueco el nombre elegante de la sobriedad.
“Menos es más” es una de las frases más repetidas y peor entendidas del diseño. Se la cita casi siempre para justificar que se puso poco, cuando lo que quería nombrar era lo difícil que es lograr que ese poco alcance. Porque lo simple es lo último que aparece, nunca lo primero. Empezar simple es empezar simplista, porque al principio de cualquier proyecto uno todavía no sabe lo suficiente como para saber qué se puede sacar sin romper nada. La simplicidad honesta es cara en trabajo aunque parezca barata en resultado, y esa es justo la paradoja que la vuelve tan fácil de falsificar.
Todo lo que no se ve
Proyectar es, en el fondo, eso mismo que hicimos con el disco, pero antes de construir nada. Es adelantarse a las posibilidades, imaginar qué y cómo antes de que suceda, recorrer decenas de caminos y descartar casi todos. Por eso me pasa seguido que un cliente, o incluso un colega, me propone una idea por la que yo ya pasé y que descarté hace rato. Cuando ocurre no la barro de un manotazo, muchas veces les explico el camino por el cual la había dejado afuera. Revisitar así una idea descartada suele ser la mejor manera de afianzar la decisión de haberla descartado, porque lo que parece lógico en primera instancia muchas veces no lo es. Y a veces, hay que decirlo, sí lo es, y entonces la idea vuelve, mejor que antes. Pero esa es la excepción, no la regla. Lo habitual es descubrir, al recorrerla de nuevo, por qué no iba.
Lo simple que se ve al final es apenas la punta de todo eso que no se ve. Una casa resuelta, un plano limpio, un tema que respira, llevan adentro todas las versiones que no fueron, invisibles pero presentes, porque son justamente las que le dieron al resultado el derecho a ser tan poco.
El camino más simple, nunca el más fácil
Lo que me hizo entender que esto no era una cuestión de música ni de arquitectura sino de cómo pienso es que la misma operación aparece en todo lo que hago, en un edificio, en una marca, en un sistema complejo, en una estrategia de inversión. Siempre se trata de buscar el camino más simple, que casi nunca es el más fácil. El más fácil es dejar todo lo que funciona, no elegir, no resignar ninguna idea buena. El más simple obliga a lo más difícil, a descartar cosas que están bien para hacerle lugar a las que están mejor que bien. Sacar una idea mala no cuesta nada. Sacar una idea buena, porque le hace sombra a una mejor, es la decisión más difícil, y es exactamente la que separa lo simple de lo simplista.
Aquellas noches, con Sacho enmudeciendo pistas en las que yo había puesto el corazón, aprendí a hacerlo por primera vez. La profesión, la mía y creo que cualquiera que se haga en serio, no consiste en acumular aciertos, sino en tener el temple de sacar casi todos para que se escuche el que importa. Lo simple no es el punto de partida de nadie. Es siempre lo último que aparece, y aparece solo si uno tuvo la disciplina, y el coraje, de no conformarse con lo que ya estaba bien.
Criterio es la serie donde compartimos las distinciones que usamos todos los días para proyectar.