Pabellón Cannava 2022
La Rural, Avenida Sarmiento, Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Argentina — 2022
Hay lugares donde la arquitectura debe imponerse. Y existen otros, excepcionales, donde debe aprender a desaparecer. Frente a la laguna de la histórica Finca El Pongo, la Sala de la Laguna nace como una extensión silenciosa del paisaje. Un edificio concebido para dialogar con el agua, la vegetación y las montañas de Jujuy sin alterar la esencia del ecosistema que lo rodea. Aquí, la arquitectura no busca convertirse en protagonista, busca construir una manera sensible de habitar el territorio.
En el corazón de la Finca El Pongo, en Jujuy, existe un paisaje difícil de explicar desde la lógica convencional de la arquitectura. Una laguna silenciosa rodeada de vegetación exuberante, árboles centenarios, montañas lejanas y una biodiversidad inesperada para el norte argentino. Un ecosistema delicado, casi suspendido en el tiempo, donde el agua, la vegetación y el horizonte construyen una atmósfera de calma poco habitual.
La Sala de la Laguna nace precisamente desde esa condición extraordinaria. No como un objeto autónomo implantado sobre el territorio, sino como una pieza capaz de dialogar con él, amplificarlo y volverlo habitable.

El proyecto se ubica dentro del complejo biotecnológico Cannava y fue concebido como un espacio de encuentro, contemplación y usos múltiples vinculado profundamente a la naturaleza circundante.
La arquitectura se organiza como una gran cubierta horizontal que parece flotar suavemente sobre el terreno. Una lámina continua de hormigón que protege, contiene y genera sombra sobre una serie de espacios abiertos y semicubiertos que se expanden hacia la laguna.
El edificio evita deliberadamente la monumentalidad. Su verdadera escala no surge de su tamaño, sino de su relación con el paisaje. La cubierta aterrazada acompaña las pendientes naturales y construye una transición gradual entre la tierra y el agua. Rampas, explanadas, terrazas y plataformas permiten recorrer el proyecto como una continuidad del entorno natural.
Más que un salón cerrado, el proyecto funciona como una infraestructura abierta para habitar el clima, las sombras, la vegetación y las visuales lejanas de las montañas jujeñas.
La laguna no funciona aquí como una postal de fondo. Es el verdadero centro espacial y atmosférico del proyecto.
La orientación del edificio, la apertura de sus galerías y la disposición de los grandes paños vidriados fueron diseñadas para mantener una relación constante con el agua, el cielo y el parque circundante. El paisaje ingresa visualmente en cada espacio y modifica permanentemente la percepción interior a través de los reflejos, la luz y las variaciones climáticas.
Durante el amanecer, la neblina sobre el agua y la vegetación húmeda construyen una atmósfera silenciosa y contemplativa. Por la tarde, la luz cálida del norte argentino atraviesa las galerías profundas y transforma el hormigón en una superficie vibrante y cambiante. En los días de tormenta, las montañas lejanas y el cielo dramático convierten al paisaje en parte activa de la experiencia arquitectónica.
El edificio no intenta competir con esa potencia natural. Se retira. Se vuelve horizontal, silencioso y permeable.
La materialidad responde a una lógica de austeridad y permanencia. Hormigón armado visto, vidrio y superficies continuas construyen un lenguaje sobrio y robusto, pensado para resistir el paso del tiempo y convivir con un entorno de gran intensidad climática y paisajística.
La estructura independiente de hormigón permite liberar completamente el perímetro y generar galerías continuas sin interrupciones visuales. Esta decisión no solo mejora las condiciones climáticas y el uso flexible del edificio, sino que refuerza la sensación de apertura permanente hacia el paisaje.
La arquitectura trabaja aquí con elementos esenciales: sombra, reflejo, horizonte, viento, vegetación y gravedad. No necesita gestos excesivos. La experiencia espacial surge de la precisión con la que el edificio se posa sobre el territorio.

Plantas de espacios exteriores descubiertos y semicubiertos

El pabellón de la Laguna no busca convertirse en protagonista. Su intención es otra: construir una forma de habitar el ecosistema sin interrumpirlo.
En un contexto natural excepcional y profundamente sensible, la arquitectura aparece como mediadora entre las personas y el paisaje. Un espacio para reunirse, trabajar, contemplar o simplemente permanecer frente al agua y las montañas.
Más que un edificio aislado, el proyecto propone una experiencia territorial completa. Una arquitectura donde el límite entre interior y exterior desaparece lentamente, y donde el paisaje deja de ser algo que se observa para convertirse en algo que se vive.


